lunes, 6 de agosto de 2012


Evangelizar: una invitación a vivir en el amor y la diferencia | Por Nicolás Panotto


Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor; 
pero el mayor de ellos es el amor.
1 Corintios 13.13
 

La evangelización es un tema complejo que despierta muchas susceptibilidades. Y no es para menos. Por diversas razones se la ha definido como imposición, proselitismo, como un tipo de discurso que debe aceptarse sin cuestionamientos, como la adhesión a una iglesia o religión, entre otras cosas. Sí, siempre se dice: “el evangelio es una forma de vivir, no una religión”. Pero del dicho al hecho, hay un abismal trecho. Los dogmas, las formas religiosas, las moralinas, pregonan por sobre la simpleza del sentido común y la vivencia cotidiana de la fe. La historia muestra muchos ejemplos que respaldan estas comprensiones, y la distorsión y daño que han traído en muchos sentidos. Nada de buenas nuevas; pura muerte y malas noticias. Pero a veces esos cuestionamientos, aunque totalmente veraces, nos pueden llevar a ser reacios con el tema, sin profundizar en sus riquezas y valores.

Hay muchas resignificaciones que son necesarias hacer, ya que el término “evangelizar” está viciado y cargado de sentido por su bagaje histórico, tal como recién mencionamos. Es interesante notar que en el NT encontramos 52 menciones de “dar o compartir las buenas nuevas”, mientras que “evangelista” –un término que refiere más a una función institucionalizada- aparece solo 3 veces. Como todo en la vida, parece que ciertos elementos se tornan resistentes cuando se sedimentan y pierden la frescura del proceso o la no definición estricta que conlleva el simple “compartir”, sin una forma única.

Defino compartir el evangelio como una invitación a vivir en el amor fraterno. Esta enunciación trae consigo algunos replanteamientos. Principalmente, el hecho de que el evangelio no es un cúmulo de credos sino un nuevo estilo de vida. No implica la aceptación de una religión sino una nueva manera de comprender la realidad y transitarla. Lo religioso es funcional a ese nuevo estilo de vida, y no al revés. El evangelio es una invitación a amar al prójimo; este punto de partida, y no otro –como puede ser la aceptación de una moralina, de una práctica religiosa, del cumplimiento de prerrogativas eclesiales-, es el marco a partir del cual se comprende la invitación a formar parte de una comunidad eclesial. En otros términos, se invita para aprender a amarnos juntos y juntas, no a ser un elemento más de la estructura eclesial. Sólo en comunidad crecemos en el amor, y así en la fe.

En resumen: compartir las buenas nuevas es vivir en el amor al prójimo según el ejemplo de Jesús, quien vivió en comunidad con sus discípulos y discípulas, creciendo en el amor fraterno y la enseñanza. Por todo esto, debemos aprender a ser simples a la hora de definir esta tarea: el evangelio es la representación del amor pleno de Dios hacia el ser humano, y el compartir la fe significa la inevitable carga de amar y compartir ese amor.

Ahora, la pregunta es: ¿sabemos amar? ¿Vivimos en el amor? ¿Es el amor la columna medular de nuestra comunidad de fe? La poca claridad sobre este tema ha influido negativamente en la comprensión de la evangelización: más que en una práctica de amor al prójimo, ella se define desde un lugar de poder, desde la creencia de ser poseedores de una Verdad que se debe transmitir, presentada como un discurso cerrado o una práctica religiosa. Compartiendo este tema con una amiga, me comentó de un graffiti cerca de su casa que dice así: “El amor no tiene dueño. El amor no tiene sueño. El amor no tiene”. Por eso tenemos que preguntarnos cosas muy básicas: ¿qué significa amar? ¿Es algo que poseo como un objeto o es un proceso que debo vivir y descubrir con los demás?

Vayamos a Corintios 13, un conocido pasaje que refiere a estos temas. El contexto de este escrito es el reconocimiento de la heterogeneidad de la comunidad de Corinto, en la variedad de dones que todos y todas tenían. Al parecer, existían competencias y conflictos sobre el desarrollo de estas prácticas dentro del grupo. Por eso surge la pregunta: ¿cómo sobrellevamos esas diferencias? La respuesta es clara: el amor.

¿Pero implica el amor terminar con esa heterogeneidad y su inherente conflicto? Para nada. Por el contrario, significa sobrellevar y promover dicha pluralidad. Por ello, una de las consecuencias de la falta de amor es el no reconocer al otro en su diferencia. Existe una gran resistencia frente a lo que se presenta distinto a nuestra cosmovisión, creencia, identidad y práctica. Lo diverso da temor; por ello, se lo anula.

El pasaje muestra que el amor es aquella actitud que va más allá de las formas específicas, de lo dado, de lo establecido, como son los dones en sus formas concretas. Todo esto implica que el amor reconoce la imperfección. ¿Por qué? Porque no existe la perfección del lugar único, de nuestro espacio, pensamiento, religión, posición moral. La imperfección es lo que nos atraviesa y a su vez nos abre a la búsqueda de lo mejor, para nosotros/as y los demás, lo cual representa un proceso inagotable. Posicionarse en la perfección es encorsetar en un aura de poder mi particularidad.

No existe amor si no reconozco que necesito del otro y que el otro necesita de mí. Necesito a los demás porque no soy Dios, no puedo con todo. Este pasaje, en resumen, nos muestra que el amor es el reconocimiento de la diferencia que nos atraviesa, que nos abre como sujetos, tanto a nosotros mismos como hacia los demás.

Esta comprensión del amor nos quita del podio que muchas veces construimos, desde donde creemos tener y predicar la verdad absoluta a la cual el mundo debe rendirse. Por el contrario, como creyentes debemos reconocer más que nadie la finitud de la humanidad –y con ello de sus creencias, posiciones, pensamientos y lugares-, porque en ese reconocimiento se manifiesta el poder del amor como vínculo y como camino que inscribe el proceso de todo lo existente.

El amor y la esperanza van de la mano. En la Biblia, la esperanza no tiene que ver con un sentimiento romántico, como a veces creemos, sino que es un término teológico muy importante y denso en sentido. Es reconocer que la historia se basa en Dios y como tal se encuentra abierta a su acción. Lo que vemos ahora no es único ni absoluto; es algo muy distinto a lo que viviremos en un futuro (que tampoco conocemos) Por ello, amar en la esperanza significa cuestionar el egoísmo, el poder y el orgullo que cercenan formas distintas de sentir, de ser, de ver, tras la promoción de una verdad absoluta incuestionable. Vivimos en la esperanza de que todo puede cambiar y ser distinto. El amor reconoce la belleza y el poder de la diferencia ya que es en ella donde se manifiesta su riqueza multifacética. Por ende, nadie puede adueñarse de un lugar único, tanto para sí mismo como para los demás.

Amar en la esperanza es creer que todo tiene un proceso, que nosotros mismos estamos en proceso y debemos vivir en constante cambio. Amar en la esperanza es abrirnos a que los demás también se encuentran en proceso, en que pueden ser distintos y desde ese deseo alcanzar lo que anhelan. Eso nos quita del juicio y de apoderarnos del prójimo, para entregarnos a la tarea de abrir caminos de reconocimiento e inclusión. Amar en la esperanza implica reconocer que nosotros y nosotras necesitamos caminar con los demás en el descubrimiento de lo que viene, y que por eso carecemos de una verdad que sobrepasa al otro/a, que nos ubica en un lugar de poder y superioridad.

Compartir el evangelio significa amar e invitar a aprender a amar, no enseñar credos. En este sentido, el amor no es un medio, sino un fin en sí mismo. Es reconocer nuestra imperfección y necesidad de los demás. Así, la evangelización no es una invitación para que el otro/a aprehenda mi creencia porque ella es en sí única y perfecta, sino que es la demostración del deseo de que más personas se sumen en el camino en que nos encontramos todos y todas como seres humanos, donde necesitamos aprender a amar juntos, en comunidad, en sus múltiples formas.

En otras palabras, evangelizar es reconocer que necesitamos del otro/a. Es, en definitiva, invitar a vivir en esperanza, comprendiendo que las cosas pueden ser distintas de lo que son, así como nosotros/as mismos/as. Que las personas no son objetos receptores de un mensaje sino sujetos que viven opciones e historias, y por ende “están en camino”, así como nosotros y nosotras.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Tomado de: http://www.elblogdebernabe.com/2012/08/evangelizar-una-invitacion-vivir-en-el.html

jueves, 2 de agosto de 2012

Más Sobre el Culto de Acción de Gracias


Los Te Deum de Bardales, están rumbo al ocaso

Por: JesúsLavado
Lima, 31 de Julio del 2012

Es oportuno aclarar de una vez, que en el Perú, nunca se ha realizado un Te Deum Evangélico; lo que hemos observado desde el año 2006, son los Te Deum de Bardales, el mismo que ha sido revestido de evangélico y de representativo. 

El Ministerio de Acción de Gracias de las Iglesias Evangélicas del Perú, no es un espacio que conglomera denominaciones e iglesias locales sino es una asociación civil de reciente inscripción en registros públicos (aún carente de RUC) conformada por unas pocas personas naturales; por lo tanto, nunca ha sido, no es, ni será representativo del pueblo evangélico. No obstante, hay que reconocer que los asociados de dicho “ministerio” tienen la habilidad de comprometer a personajes respetables del mundo evangélico, a quienes utilizan para simular una imagen de unidad, aparentar representatividad y asegurar convocatorias masivas. 

Desde una perspectiva teológica, los asociados del ministerio de acción de gracias son mas afines al movimiento carismático internacional y al movimiento neo-pentecostal, que a la sana doctrina que nutre al pueblo evangélico; y desde una perspectiva política, dichos asociados y un porcentaje importante de sus colaboradores son afines a movimientos políticos de inspiración pragmática y de orientación neo-liberal, y de trasfondo autocrático como el fujimorismo, es decir, son muy ajenos a los principios del reino de Dios. 

A lo largo de estos siete años transcurridos, los asociados del Ministerio de Acción de Gracias han negado la representatividad del Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP); por eso han optado por rodearse de asociaciones de reciente creación y de representación especifica para aparentar representatividad ante las autoridades políticas del país, pese al favor que reciben de estas asociaciones, les niegan la condición de co-organizadores de la ceremonia de acción de gracias; lo que evidencia que no son institucionalistas. 

El Ministerio de Acción de Gracias, se ha auto-empoderado como una nueva franquicia socio-religiosa; que se adjudica la exclusividad de organizar e intervenir en ceremonias de acción de gracias por el Perú y por las ciudades y distritos del país; restando iniciativa y capacidades, y opacando legitimidad en quienes tienen el sentir de interceder por el país, por su localidad y sus autoridades políticas. Cabe precisar, que el Decreto Supremo Nº079-2010-PCM encarga a las Iglesias Evangélicas del país (instituciones) organizar la ceremonia de acción de gracias por el Perú y no a un grupo de personas que solamente se representan a si mismos.

Tampoco se debe olvidar, que las ceremonias de acciones de gracias celebradas durante el segundo gobierno de Alan García, operaron como una plataforma política que logró mediatizar a un sector del liderazgo evangélico, para que ellos acepten sin menor resistencia la ley y el reglamento de libertad religiosa, y la ley que consagra al Señor de los Milagros como patrono del Perú o de los católicos, normas que fueron impulsadas por los sectores mas conservadores del catolicismo peruano, como el Opus Dei y Sodalicio.

En relación a los dos anteriores Te Deum de Bardales, pese a que se conocía la ausencia del presidente de la república en dichas ceremonias, se anunció su participación para crear el imaginario social de que el mandatario desaíra al pueblo evangélico, creando en unos y reforzando en otros un sentir anti-humalista. Situación que fue complementada con la reciente y tendenciosa opinión del congresista Julio Rosas, quien induce la idea que el presidente Humala discrimina a los evangélicos, y que los fujimoristas están al lado de los evangélicos. 

Debe quedar claro de una vez, que el presidente Ollanta Humala no va asistir a ningún Te Deum de Bardales, por ser una actividad organizada y realizada al margen de las instituciones evangélicas; y si el presidente de la república asiste al Te Deum de la Iglesia Católica, es porque, es organizada y realizada por una institución religiosa reconocida por el Estado y el Gobierno peruano. El presidente Ollanta Humala no excluye a un sector de la población nacional, sino mas bien, es respetuoso de los protocolos establecidos; por eso, no se siente obligado asistir a ninguna actividad de carácter privado. Con esta aclaración se cierra esta etapa de la historia.

martes, 31 de julio de 2012

Evangélicos y Política

Breve perspectiva de la política, los evangélicos y el Te Deum evangélico.


Por: Marcos Arroyo Bahamonde
Pastor y teólogo - Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (Perú)

Después de la lectura de la nota periodística de El Comercio, he querido discurrir algunas ideas desde mi posición como evangélico interesado en la política que se ejerce desde la fe cristiana en el Perú.

Lo primero que hay que señalar es que el movimiento evangélico es totalmente distinto como organización al catolicismo romano. El Catolicismo, en medio de su diversidad, se rige tanto religiosa como políticamente bajo una única autoridad en la figura del Papa desde el Vaticano. El movimiento evangélico es variado, colorido y distinto tanto en lo doctrinal como en las formas de ser evangélico. Sus variados rasgos para identificarse como evangélicos van desde sus acercamientos doctrinales como a sus formas de gobierno que en los últimos años se ha caracterizado por el caudillismo al estilo papal en muchas de sus organizaciones eclesiásticas. Su representatividad no es única tampoco, pues precisamente por esas diferencias mencionadas líneas arriba, se han creado otras organizaciones además del primer movimiento que reúne a las diversas instituciones evangélicas en el Perú como el CONEP. Los evangélicos en el Perú se organizan a través de formas distintas de verse como tales. Pueden ser organizaciones fundamentalistas que promueven la cristianización del país. Otras organizaciones se reúnen alrededor de una o más figuras debido a su carisma o cierta habilidad política de congregar gentes como un reflejo de sus comunidades eclesiásticas. También los hay las organizaciones cuyo interés es una representatividad social y política del pueblo evangélico frente al Estado. 

En el Perú de hoy, no existe una única organización que pueda arrogarse la representatividad de todo el pueblo evangélico.

En segundo lugar, sobre el tema del TeDeum evangélico hay dos posiciones contrarias sobre su realización. Hay un sector evangélico que apoya esta iniciativa que tuvo sus inicios en el segundo gobierno de Alan García Pérez y que de alguna manera abrogan por crear espacios para los evangélicos muy similar a los derechos que tienen los sectores católicos, aunque éstos estén en contradicción a los principios y valores promovidos desde el protestantismo que tuvo sus inicios en Europa del S. XVI. Por otro lado, existe otro importante grupo de personas, que apoyándose fundamentalmente en el principio de laicidad, rechazan esta propuesta por verla precisamente como una manera que contradice el orden de un Estado-Nación laico. ¿Está dividido el pueblo evangélico? La respuesta es no. Se trata de diferentes acercamientos al hecho y al ejercicio político basados en sus distintos pensamientos sobre la fe, el evangelio y la política. 

Desde una perspectiva política igualitaria, El TeDeum no representa a la pluralidad de opciones religiosas que existen en el país, sino que distingue a unas y discrimina a otras. Seguir ese pensamiento es contradictorio desde la fe evangélica. 

En tercer lugar, es necesario mencionar una forma equivocada de analizar algún fenómeno social, o político y religioso que muchas veces degenera el hecho mismo y su naturaleza, esto es la generalización, que sin duda, es una manera de interpretar los acontecimientos de la vida diaria que caracteriza a muchos. Es tan equivocado decir que todos los pastores abusan de su posición para cometer actos de inmoralidad, como afirmar que la ausencia del Presidente Ollanta Humala es un desaire para el pueblo evangélico. Y en ese mismo contexto, yerra también el diario El Comercio al insinuar de manera indirecta que el reclamo es general. Creo que, sin agredir a nadie por su postura y siendo más honestos, el titular de la nota debió haber mencionado, “algunos evangélicos califican de desaire”. Es necesario precisar asimismo la intencionalidad de la nota, pues es evidente que ella gira alrededor de la opinión de una sola persona.

Finalmente, creo que analizar la ausencia del presidente Humala como un desaire al pueblo evangélico, no sólo es equivocado, sino que invita a una pobre e ilusa lectura de la política desde la fe evangélica en el Perú. La inclusividad, por ejemplo, no está en discusión en la presencia o no del presidente Humala, sino en la capacidad que tiene el pueblo evangélico para dialogar y negociar en términos que exige la política en nuestro país y en América Latina. 

Todavía está pendiente una mejor performance de la política ejercida desde los sectores evangélicos en el Perú, por un lado, pero además abre las oportunidades a personas y grupos con mejores argumentos y una formación para este fin.

martes, 17 de julio de 2012

Campaña Nacional por el Diálogo


Los Evangélicos en el camino hacia una Evangelización Dialógica

14 Después de que encarcelaron a Juan, Jesús fue a Galilea
y comenzó a anunciar la buena noticia de parte de Dios. 
15 Él decía: «Ha llegado el momento, el reino de Dios ya está cerca.
Cambien su manera de pensar y de vivir, crean en la buena noticia».
Marcos 1:14-15 PDT Palabra de Dios para Todos

¿Cómo podría la Juventud Evangélica aportar a la iniciativa de sociedad civil conocida como la “Campaña Nacional por el Diálogo”? En estos momentos de conflicto social y acumulación de la violencia que experimentamos en nuestro país, observamos que ésta se produce no sólo por razones económicas, sino también como reflejo de diversas expresiones de desencuentro social y cultural; necesidades de reconocimiento que tienen antecedentes de injusta postergación a lo largo de nuestra historia.

Ante esta situación, la Iglesia Evangélica, una institución religiosa que representa en la actualidad a más del 13,7% de la población peruana[1], con más de ciento veinte años de presencia en el país[2], ha tenido un aporte significativo en el proceso de construcción de la identidad nacional. Sin embargo, su mensaje ha sido asociado, generalmente, con una invitación a alejarse de las cuestiones “de este mundo” y limitarse al cumplimiento de su vida eclesiástica y espiritual al interior de sus congregaciones locales.

La mayoría de las iglesias evangélicas parecen entender el Evangelio limitando su mensaje al anuncio verbal (la mayoría de las veces masivo) dirigido al individuo aislado, con un sentido de solución “en el otro mundo” respecto de los problemas que el ser humano sufre en este mundo. En ocasiones los evangélicos hemos hecho una selección de pasajes “evangelísticos” escogidos selectivamente de las Escrituras y hemos entendido que evangelizar es repetir o dar a conocer reiteradamente el contenido de estos textos bíblicos.  Muchas personas que son “evangelizadas” de esta manera, sienten que esta es una forma de proselitismo, manipulación o lavado cerebral[3]. Muchos dirían que son los criterios del mercado y del marketing religioso los que movilizan un tipo de evangelización como esta.  

Más grave aún, la “evangelización” puede terminar convirtiéndose en una forma de violencia en la medida que para lograr la adhesión del nuevo converso muchas iglesias acostumbran desacreditar el testimonio y la credibilidad de otras iglesias cristianas, o se enarbola una profunda crítica a los estilos de vida de las personas “mundanas” las cuales no coinciden con las expectativas morales de la iglesia en mención.

Siendo ese nuestro contexto, nos preocupa profundamente que como evangélicos estemos contribuyendo a la expansión de la violencia simbólica, la discriminación y la intolerancia en la sociedad peruana, creyendo estar haciendo un bien espiritual a las personas.  Cuando la realidad social o cultural, incluso, es demonizada y se añade toda una teología que nos habla de lugares, costumbres o personas a las que se les califican como “poseídas” o simplemente “endemoniadas”, las fronteras de la violencia simbólica, específicamente religiosa, se vuelven aún más graves.[4]

Por todo ello queremos sumarnos al esfuerzo de promoción del diálogo como vehículo principal para resolver o manejar nuestras diferencias, desde la perspectiva de la fe evangélica y de sus manifestaciones concretas en nuestro país. Queremos promover la reflexión en nuestras autoridades eclesiásticas sobre la importancia de priorizar la búsqueda del consenso, el entendimiento mutuo y la primacía del diálogo sobre toda forma de imposición y autoritarismo en nuestras relaciones humanas.

Dado que para todos los cristianos evangélicos, la evangelización es un elemento fundamental de nuestro sentido de misión, del para qué nos constituimos como iglesia y del cómo percibimos la vida en nuestras relaciones cotidianas, se hace necesario profundizar y ampliar el significado de la evangelización como buenas noticias de parte de Dios a la humanidad. Necesitamos repensar nuestras relaciones con aquellas personas que no son de nuestra congregación o de nuestra iglesia local, de tal modo que no hagamos un tratamiento discriminatorio exacerbando las diferencias entre personas creyentes y no-creyentes, aludiendo que toda la fe, la razón y la moralidad se encuentran del lado de los creyentes y toda la maldad, ignorancia y falta de espiritualidad están de lado de los que llamamos “no-creyentes”. El respeto por la dignidad humana de todas las personas exige de parte de quienes nos llamamos “discípulos de Jesucristo”, un trato a la altura de la persona a quién decimos servir.

Como lo dice el psicólogo evangélico Jorge León: “La evangelización debe partir del presupuesto básico que en el peor de los hombres está la imagen de Dios. Jesús sabía que en el peor de los hombres estaba la Imago Dei (imagen de Dios) y por causa del pecado, esa Imagen de Dios clama por completamiento. Luego lo que necesita todo ser humano es descubrirse como hombre y como humano perfectible a la luz de Jesucristo.”[5] No hay aquí ni un falso triunfalismo evangélico ni una visión colonialista de la espiritualidad de las personas, sólo una actitud abierta en el deseo de compartir la fe y caminar juntos con otros/as que encuentran en la figura de Jesús un referente de vida para una relación con Dios, personal y comunitaria.

Mirar la evangelización como encuentro, como diálogo, nos abre oportunidades nuevas de construir la fe sobre bases más sólidas. Significa desterrar el enfoque de “arriba hacia abajo” con el que se ha justificado mucho sentimiento de superioridad y el carácter artificial y estereotipado de los “discursos evangelizadores”. En palabras del pastor Brian McLaren, líder del movimiento de las iglesias emergentes en los Estados Unidos: “En la calle, este término (“evangelización”) significa presión. Significa vender a Dios como si Dios fuera un artículo para el hogar, un material para la construcción o un seguro de automóvil. Significa meter tus ideas en la cabeza de otro, amenazándolo con el infierno si no se entrega a tu lógica o a tus citas bíblicas. Significa excluir de la gracia de Dios a todos excepto a aquellos que están de acuerdo con el evangelista.”[6]

Es así que estamos hablando de la alternativa de promover una “evangelización dialógica” por medio de la cual se construyen relaciones saludables sobre la base de una actitud respetuosa hacia las personas que no son cristianas. Al mismo tiempo la evangelización no se centra solamente en elementos estrictamente religiosos, sino que se construyen relaciones de apertura e interés genuino a las necesidades y la problemática de nuestro interlocutor.  En este proceso, ambas partes interactúan, se reconocen, aprenden el uno del otro y se comparte la fe cristiana en un clima libre de presiones y menos artificial. Otra vez, citando a McLaren, creemos que “la buena evangelización es el proceso de ser amigables sin discriminar y ejercer una influencia sobre todos nuestros amigos para una vida mejor, mediante buenas obras y buenas conversaciones”.[7]

Sirva, entonces, este primer paso para promover la reflexión y la práctica de una evangelización dialógica en nuestras vidas personales y en nuestros modelos congregacionales. Abramos las puertas de la acogida al otro/a no sólo por intereses religiosos sino en la convicción de que la preocupación genuina por mi prójimo es un vehículo que Dios ha provisto para la construcción de la paz en nuestras comunidades.

Y propongamos el diálogo como evidencia de nuestra humanidad, nuestra capacidad de simbolizar, de expresarnos e interactuar. El diálogo es una muestra de la gracia de un Dios que se revela a la humanidad, y que al mismo tiempo, otorga a los seres humanos dicha capacidad para levantarnos más allá de nuestros instintos, nuestro egoísmo y construirnos como personas a la imagen y semejanza de nuestro Creador. 

Por: Oscar Amat y León


[1] Fuente: Amanecer Perú: Manual Estadístico: Investigación Socio-Religiosa, Lima, Amanecer Perú, 2003.
[2] Ver: KESSLER, Juan. Historia de la Evangelización en el Perú, Lima, Ediciones Puma, 1993, AMAT Y LEON, Oscar. Presencia Evangélica en la Sociedad Peruana, Lima, IMT, 2006 y  FONSECA, Juan. Misioneros y Civilizadores: Protestantismo y modernización en el Perú 1915-1930, Lima, PUCP, 2002 .
[3] Desde el propio sector evangélico existen libros como el de John White (y otros), que problematizan lo que se entiende por “evangelización” de manera tradicional. Ver: ¿Evangelización o Lavado Cerebral?, Buenos Aires, Certeza, 1972.y el artículo de CASTRO, Emilio. “La Conversión”. Revista Misión 1985, Número 12, Vol 4, Nº 1.
[4] Ver por ejemplo el Manual de Guerra Espiritual de Ed Murphy. Editorial Betania, 1994.
[5] LEÓN, Jorge. Hacia Una Evangelización Restauradora, Buenos Aires, SAGEPE, 2008
[6] MCLAREN, Brian. Más Preparado de lo que Piensas. La evangelización como danza en tiempos posmodernos. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2006.
[7]  MCLAREN. Op. Cit.


domingo, 13 de mayo de 2012

María, ejemplo de madre (día de la madre 2012)


María, ejemplo de madre
Día de las madres 2012
(Año del fin del mundo)

Este domingo es especial, porque se celebra el día de las madres. La imagen que se suele proyectar es de la madre abnegada, que se autosacrifica por su progenie, que se entrega a si misma por el bienestar de su familia. Un ejemplo de mujer, acompañado por un modelo convencional de familia a seguir. Modelo inspirado en occidente, por la SAGRADA FAMILIA (el niño Jesús, el padre José y la madre María).
Ciertamente mi experiencia familiar es así de regular, como en el modelo de familia nuclear, por lo que mi madre encontró en su esposo ayuda idónea, y en mí un divertido reto de adiestramiento y entretenimiento diario (cual domador de leones quien lidia con una fiera). Mi madre al igual que toda madre peruana, comparte la característica de “sacrificada” (1), y me atrevería a expandir la característica a toda América Latina, porque se evidencia esto en medio de la necesidad y el batallar constante por conseguir el dinero necesario para cubrir la canasta familiar, esfuerzo común con todas las madres de nuestra América Latina, y de todos los países en vías de desarrollo, y ni que decir de los países catalogados como “subdesarrollados” (siempre me llama la atención este tipo de clasificaciones de los países “desarrollados” quienes se autoclasifican y clasifican al resto de las naciones en función a ellos mismos) que en realidad son países pobres, donde ser madre, y madre pobre es una constante tan negativamente impactante, que se invisibiliza esta realidad para poder “vivir cómodamente sin cargo de conciencia”.
Las madres no solo se sacrifican en el ámbito económico y laboral al “quitarse el pan de la boca” como se dice coloquialmente, sino también en el campo de la educación y formación del vástago. Esta tarea alegre y dura al mismo tiempo, se desarrolla con ayuda del padre, con quien de alguna manera comparte la crianza de los hijos e hijas. Lamentablemente la crianza de los hijos suele ser carga principalmente de la madre, y en no pocos lamentables casos, carga exclusiva de la madre.
Incluso de acuerdo al modelo convencional de estética y status de vida, las madres suelen sacrificar status y una sofisticada autoimagen por el bienestar de su familia.

Esas son características que se le suelen adjudicar a las madres. Pero ni todas las madres son así, ni ese es el modelo de la familia de Jesús de Nazareth.
NI MUCHO MENOS LA EXPERIENCIA DE MARÍA DE NAZARETH.
María, la madre de Jesús en primer lugar, no fue la madre superada de un país rico, que acabó sus estudios universitarios, luego obtuvo un gran trabajo que le permitió acumular riqueza y llegado el momento indicado se casó con su novio (igualmente superado, guapo y de buena posición social) para recién tener su primera relación sexual y luego su primer hijo dentro del marco del matrimonio. Ese modelo que nos brindan de “como y cuando ser mamá” no es armónico con la experiencia que las escrituras nos narran de la maternidad de María.
María era una niña pobre de una provincia pobre de una nación igualmente pobre y avasallada por la potencia mundial de la época (el que tiene oídos que oiga). No tenía mayor instrucción que la de las madres iletradas de los andes peruanos y bolivianos. Se dedicaba a las labores del hogar y a ayudar a sus padres en los mandados al igual que todas las niñas. Contrajo un matrimonio acordado como era lo acostumbrado en la cultura judía y aun es costumbre en muchos países de oriente. No concibió a su primer hijo a una edad físicamente adecuada para la maternidad, sino que los expertos le adjudican el momento de su maternidad entre los 10 y los 12 años, de modo que era una niña trayendo al mundo a otro niño (no sorprende porque el alto índice de mortandad materna-infantil). Del mismo modo en las culturas amazónicas, la maternidad adolescente es entendida como algo cotidiano, razón por lo cual el mayor índice de embarazo adolescente en el Perú se encuentra en la selva (26%). Finalmente, para terminar de derrumbar el falso modelo idílico de maternidad de María: no nació el primogénito en el marco del matrimonio, ni mucho menos fue bien visto por la comunidad cercana de María. El niño Jesús nació fuera del marco del matrimonio. Me explico:
En la tradición judía, el matrimonio se acordaba, pero no se consumaba de inmediato como es costumbre en occidente (y se consuma aun desde antes del acto de testimonio público, también como costumbre, jajaja). Los esposos vivían juntos y compartían todas las tareas como en un matrimonio normal, salvo en cuanto a lo concerniente a la vida sexual, que era luego de un año en el que recién podían vivir una sexualidad activa. Algo similar se vive en el mundo andino, el servinacuy, que no es otra cosa sino un matrimonio a prueba. Si finalmente no funciona, no será necesario un divorcio por “incompatibilidad de caracteres” ya que para eso era este tiempo de prueba. Si el esposo no estaba de acuerdo con la mujer que compraba (recuérdese que se pagaba una dote a la familia de la esposa para poder casarse) simplemente la regresaba al seno familiar.
En el caso de María, la concepción anunciada por el ángel ocurrió justo en ese momento en donde era socialmente inadecuado quedar embarazada. Es inevitable que la comunidad repudie socialmente ese embarazo, simplemente lo vea como un deshonor para José y para con la familia de la joven María (cosa que en realidad no es tan simple). Siendo que José no había sostenido relaciones sexuales con María, tal como relatan las escrituras, el prefirió abandonarla en secreto. Este acto es leído como un acto de piedad, porque lo normal (entiéndase normal no como correcto, sino como lo común, lo cotidiano, la costumbre) era que ella sea acusada de adúltera y por lo tanto exiliada sino apedreada. Pero José prefirió cargar con el estigma de faltar a su honor para salvar la vida de María.
Este gesto suele ser exaltado en las predicaciones de navidad, pero es necesario hacer el contrabalance pues José no es el esposo perfecto. En realidad José evidencia una actitud machista, actitud que, no hay que equivocarnos, es propia de la cultura de la época, cultura machista que hemos arrastrado hasta nuestros tiempos. ¿En que se evidencia la actitud machista de José? En no consultar a María, en no confiar en ella, en tomar las decisiones unilateralmente y dar por sentado que María, por tratarse de una mujer (como se pensaba de todas las mujeres y en algunas culturas actuales aun se piensa así) ella no es digna de credibilidad.
Suele ser así aun en las familias actuales. Ella no es digna de confianza, el varón está sospechando de infidelidades constantemente. La considera un instrumento de su propiedad, y esa cosificación de la mujer como esposa y aun como madre, es un pensamiento generalizado que comparten tanto diplomáticos del más alto nivel cultural y estibadores de la más baja condición social. La cosificación de la mujer es el más trágico flagelo machista que infecta nuestras sociedades modernas, al igual como lo hacía en el tiempo del Maestro Jesús. Por esta razón la mujer tenía que sobre esforzarse para ser bien tratada, y además para brindar las mejores oportunidades a sus hijos e hijas, por quienes se creía se salvarían (…“mas la mujer concibiendo hijos se salvará”…).

De este modo tenemos posiciones encontradas, el discurso post-moderno por un lado, y el testimonio bíblico de María, llamada “más bienaventurada entre todas las mujeres”. Si somos cristianos sinceros, sin importar nuestra tradición católica o protestante, hemos de considerar a María la madre de Jesús como una mujer extraordinaria y muy sabia que ciertamente supo responder de la mejor manera en circunstancias difíciles. Esto la coloca ciertamente como un ejemplo. Pero en contraste con el discurso de maternidad post-moderna, este ejemplo me hace pensar. Si amamos a María quien fue madre adolescente ¿Por qué seguimos estigmatizando a las madres adolescentes? ¿Por qué seguimos generando maltratos sociales y culturales en la población que inicia su sexualidad tempranamente? ¿No es mejor acoger con misericordia a las personas en necesidad que buscan en la iglesia una comunidad de acogida, perdón y fraternidad? ¿No es esa la tarea de la Iglesia, precisamente SER LUZ? La gran pregunta debe ser: ¿CÓMO HABRÍA QUERIDO MARÍA SER TRATADA?
La pregunta la levanto tomando como excusa este día de la madre, ya que según estadísticas del Instituto Nacional de Estadísticas del Perú (INEI) el 13% de la población nacional es o ha sido madre durante la adolescencia. Esto incurre a su vez en la perpetuación del círculo de la pobreza, como un mal sistemático, y en la marginación de esta población. Las madres adolescentes son un SECTOR MARGINADO de nuestra sociedad. No solo son rechazadas en el mundo, sino rechazadas en nuestras comunidades de fe, las iglesias puntualmente se erigen como focos de marginación donde la doble moral se encuentra a la orden del día, y el rechazo social es un comportamiento no solo tolerado sino bien visto. Demostrando así, la desatención de la experiencia de María, la madre de Jesús y la supremacía de valores post-modernos y la aceptación de la stigmatización, mensaje que colisiona con la predicación del evangelio del Reino de Dios.
El resultado más fatídico (literalmente) en el que desemboca el embarazo adolescente en poblaciones urbanas, es el suicidio. Como sabemos, uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio apunta a reducir la mortalidad materna. Esto incluye, claro está, las madres adolescentes. Al 2010 en el Perú, el 39% de las madres adolescentes (entre 15 y 19 años) se suicidan. Este dato cuenta como causa indirecta de muerte (dato del Ministerio de Salud). Se consideran causas indirectas a todas aquellas razones que no tienen relación directa con complicaciones por el parto, o el embarazo de la madre. Pero los suicidios adolescentes no pueden ser considerados como causas desvinculadas con el embarazo, pues la respuesta del entorno social, el estigma y la discriminación son las causas que originan en las desatendidas y confundidas adolescentes el tomar la fatídica decisión de quitarse la vida. Dicho sea de paso, este es el porcentaje más alto de muerte tanto en causas directas como en las indirectas.
Motivos hay muchos, sociales, económicos, culturales, educativos, etc. Pero eso a quienes somos y hacemos iglesia, es un dato de segundo orden. Lo más importante para nosotros y nosotras que nos confesamos discípulos/as de Cristo, debe ser ABRAZAR, ATENDER, CONSOLAR, ACOMPAÑAR Y ¡PASTOREAR! A esta población desatendida, maltratada, discriminada y marginada como son las madres adolescentes.

Precísamente, TAL COMO LO FUE MARÍA, la madre de Jesús, “la más bienaventurada entre todas las mujeres”.

Feliz día a todas las madres, sobretodo las madres solteras, y las madres adolescentes. Que la gracia de Dios Padre y Madre esté con ustedes.

Anubis