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jueves, 26 de septiembre de 2013

Parábola ecuménica del "Buen Protestante"

Estaba Franciscus hablando con la gente sobre el compromiso con el Reino de Dios y la lucha contra la pobreza, cuando de entre la multitud, un hombre religiosamente ataviado y completamente pulcro se le dirige para hacerle la siguiente pregunta:

-¿Y quién es mi prójimo?-

Entonces Franciscus le contó a Juan Luis, la siguiente historia:

- Un turista aventurero estaba regresando de Macchu Picchu al Cusco, cuando derrepente una banda de ladrones lo intercepta, le roba todo lo que tenía, y lo abandona al lado del camino, medio muerto y medio desnudo. Por ese mismo camino pasaba un obispo, desde su movilidad particular observó al hombre que estaba tendido al lado del camino, y advirtiendo del peligro le ordenó a su chofer acelerar el paso. Al cabo de un rato, un bus que contenía una delegación de misioneros, también pasó por ese lugar. Pero tampoco se detuvo, sino que dando un pequeño giro, siguió de largo. Posteriormente un joven indio, protestante y gay, pasó por el mismo camino. Al ver al hombre que estaba golpeado y mal herido, fue movido a misericordia, le dió un tratamiento de emergencia, lo montó a su bicicleta y lo llevó al centro de salud más cercano.
En la posta médica, sabiendo que no contaban con todo lo necesario, habiendo pagado por los vendajes y la medicina, le indicó al enfermero de turno que anotara todo lo que gastara en la recuperación del paciente, porque el a su regreso se lo pagaría.

Pues bien, ¿Cuál de estos tres te parece que  fue el prójimo del hombre asaltado por los bandidos?
El cardenal le contestó: - El que tuvo compasión de él. -

Franciscus le dijo: PUES VE Y HAZ TÚ LO MISMO.


Anubis

domingo, 8 de enero de 2012

Hay que convencer, no vencer

Por: Ignacio Simal Camps

Es un hecho incontestable que en la mayoría de las iglesias se discrimina al colectivo LGTB**. El Diccionario de la Lengua Española (RAE) define la acción discriminatoria como el hecho de “seleccionar excluyendo o dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.” Y evidentemente, a las minorías sexuales se las excluye de la comunión integral de la vida de las iglesias por el hecho de ser y hacer en concordancia con su orientación sexual. Y esa exclusión obedece, entre otras cuestiones, a cuatro elementos: el imaginario social patriarcal que las iglesias comparten con la sociedad, la comprensión que éstas tienen de la naturaleza de sus textos sagrados, la tradición eclesial recibida y la valoración moral que éstas hacen de la homosexualidad y su práctica.
Con las minorías sexuales ocurre como antaño –en algunos espacios eclesiales todavía hoy- ocurrió con las mujeres: se las excluía de la formación teológica en los seminarios, de los ministerios pastorales, de la enseñanza a la comunidad de fe, de la oración púbica, etc. Cambiar un imaginario social y religioso tan arraigado entre las iglesias fue, y sigue siendo, una tarea harto complicada. De ahí que crea que debemos tener un claro objetivo a compartir entre los que somos partidarios de la inclusión integral del colectivo cristiano LGTB: convencer. Y eso sólo se logra haciendo pedagogía positiva entre las iglesias.

•Por ello, en primer lugar, se hace necesario que los cristianos y cristianas heterosexuales escuchen de viva voz los testimonios de fe, fidelidad y compromiso con el seguimiento de Jesús de las personas LGTB.
•En segundo lugar debemos emprender talleres de lectura de los textos bíblicos y de las argumentaciones teológico-morales que se utilizan para la exclusión de las personas con orientación sexual diferente en las iglesias cristianas.
•En tercer lugar, debemos utilizar los medios de comunicación cristianos a nuestro alcance para hacer ver la riqueza social que adquiere el reconocimiento de la diversidad sexual y desdemonizar a las personas LGTB.
•En cuarto lugar, debemos –sobre todo los pastores y pastoras- emprender la ardua tarea de abrir nuestras comunidades a los cristianos y cristianas homosexuales a fin de que a través de la convivencia y la comunión mutua se rompan los estereotipos gaifóbicos, lesbofóbicos y transfóbicos que pululan en nuestros ambientes locales.
•Por último, y en quinto lugar, debemos evitar en nuestros planteamientos toda beligerancia descalificadora del que interpreta la Biblia y la sexualidad humana de manera diferente a la nuestra. Como escribieran Arland Hultgren y Walter Taylor, “la diferencia entre quienes hacen la interpretación[de los textos bíblicos] no se debe entender como un conflicto entre quienes buscan ser “fieles a las Escrituras” y quienes buscan ‘adaptar la Biblia’ a sus gustos personales. Los desencuentros son genuinos“[1]
Si perseveramos contra viento y marea en llevar a cabo una pedagogía positiva en la línea que apunto lograremos el cambio de mentalidad anhelado por muchos de nosotros. El objetivo no es vencer, sino convencer.

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[1] Nota 25 en línea 706 del documento “Sexualidad humana: dignidad y confianza” (2009), de la Iglesia Evangélica Luterana de América

** LGTB= lesbianas, gais, transexuales y bisexuales