miércoles, 24 de septiembre de 2008

Misionero David Romero desde San José de Los Molinos (ICA)

Cerca de ustedes siempre habrá gente pobre…
Y el texto se acaba ahí. Ahí muere el versículo 7 del capítulo 14 de Marcos. Quizás el más importante de los cuatro evangelios, debido a su antigüedad y brevedad, lo que ha llevado decir a los teólogos -añadido a esto la estructura misma del evangelio- que se podría hablar de este libro como si se tratara de un artículo periodístico. La simpleza de los datos es interpretada actualmente como la limpieza periodística, que no se retrasa adornando noticias, sino que cuenta lo acontecido, se detiene en lo importante. Con estos mismos ojos, los estudiosos actuales observan al evangelio de Marcos.
Pero no todos piensan lo mismo, no todos escuchan a los investigadores, no todos se detienen a analizar el texto antes de dirigirse a su público para “exponer la palabra de Dios”, a todos no les interesa respetar la veracidad histórica de un texto o de una idea. Mucho menos les importará en el fondo de sus corazones la idea original que estaba en el corazón mismo de Dios cuando lo dicho fue dicho, o cuando lo hecho fue hecho.

Existen muchos hombres que se dicen “de Dios”, “ministros del evangelio”, “defensores de la verdad”, pero no son más que defensores de sus intereses y sus bolsillos. Muchos hay que proclaman paz, pero paz no tendrán; los profetas no estaban locos, ellos sabían lo que decían, y por qué lo decían, no eran trances sobrenaturales los que trastornaban sus cabezas, era un fuego de Dios en su cuerpo, alma y corazón lo que los llenaba de la convicción necesaria para pararse delante de reyes y denunciar la corrupción. Aun a costa de poner en riesgo sus vidas.
A esos otros “hombres de dios” les hace falta encontrarse con el de la Mayúscula, y como Job, darse cuenta que lo que saben o creen saber sobre Él, no es suficiente. Los prejuicios con los que fuimos instruidos no son preceptos de Dios, sino de hombre, y si fuéramos tan críticos con nosotros como lo somos con otros, nos daríamos cuenta que sabemos tanto como los otros sobre nuestro conocimiento de Dios; que nos falta aún mucho camino por recorrer. Podemos creer que la verdad está en nuestras manos, y vivir con la confianza de que Dios no nos desamparará, y estar en lo cierto. Como también podemos vivir con la nostalgia de saber que nos falta mucho por hacer, y rogar al Señor de la mies que envíe obreros, y ser felices en el trabajo. El vivir confiados en Dios no debe apagar en nosotros el deseo por expandir su reino. Un reino de justicia y amor.
En este sentido, ni el fanático que grita en las plazas, ni el erudito que se calla en su monasterio es tan peligroso como el que sabe hacer lo bueno y no lo hace.

A estas alturas el lector ya debe estar incomodo por no encontrar completo el pasaje expuesto inicialmente. Hay quienes dicen hablar por los pobres, quienes dicen representar las voces no escuchadas, pero sólo dicen lo suficiente como para obtener la aprobación de las mayorías, el respaldo del pueblo, y el dinero destinado a los pobres. Ese ladrón recibirá un duro castigo de parte de un Dios que demanda que las exigencias de los pobres sean atendidas. De parte del poderoso Dios al que entonan canciones los carismáticos, que es el mismo Dios objeto del cual se inician todas las obras de caridad de las congregaciones “históricas”.
Tales hombres que infringen la ley de Dios expuesta en Deuteronomio 15:11, son los mismos que cortan el pasaje de Marcos, presentando así únicamente sus paralelos en Mateo y Juan. ¿Porque harían eso? Pues porque en los textos paralelos no se les llama a la acción.
La sección que los nuevos mutiladores pretenden esconder o simplemente pasar por alto es la siguiente:

“Cerca de ustedes siempre habrá gente pobre, y podrán ayudarla cuando lo deseen.” (V. TLA)

El contexto es de la mujer que derrama perfume para ungir a Jesús. En los capítulos siguientes se lee la pasión y muerte de Jesús. Al parecer para Jesús, el tema es claro. Posteriormente profundiza sobre esto el libro de Santiago. Mi intención no es exponer el texto, solo deseo subrayar que al igual como Jesús tuvo que responder ante las palabras de un traidor (como nos aclara el pasaje paralelo en Juan) nosotros tenemos que responder ante las preguntas de los detractores de la Misión (muchas veces los mismos que dicen hablar por los pobres).
“La verdadera religión es ayudar a las viudas y a los huérfanos.” Eso es lo que está escrito, en el libro que supuestamente rige nuestra norma de vida. La pregunta es igualmente directa ¿lo hacemos? Ante esta pregunta no podemos evadir la responsabilidad alegando que ese es el trabajo del pastor, porque la cita nos involucra a todos. Igualmente tenemos el caso de los que descubrieron que el versículo de Marcos estaba incompleto, y lo dejaron incompleto en sus vidas. Pues la respuesta a la petición tácita de Jesús debería ser ¡TRABAJARÉ POR LOS POBRES! O quizás algo más elaborado: “ahora que Jesús no está físicamente, atenderé a aquellos por los que Él se preocupaba”. Pero en vez de hacer eso, el mensaje de salvación personal por la Fe única en Jesucristo se reemplaza por un “evangelio con poder” cada vez más masivo y por lo tanto más impersonal. Cada vez enlatamos más el paquete de la vida cristiana con etiquetas que vayan acorde con slogans propios del “siglo XXI”, cuando la exhortación que nos da la Biblia es precisamente no conformarnos a este siglo, sino renovarnos. Renovar nuestro corazón, y de paso para los líderes, renovar también el compromiso. El compromiso de apelar por los más necesitados, de extenderles un pan a los que ya no pueden levantar la mano, de procurarle justicia al que no tienen familiares en el juzgado, de proveerles abrigo a los que lo han perdido todo… de ayudar a las viudas y a los huérfanos, precisamente. De eso se trata.

La misión integral, que no es más que la misma misión que le encomendó el Señor Jesús a la Iglesia, nos invita a recordar que no es el asistencialismo lo que se necesita, ni meras palabras de consuelo al que todo lo ha perdido, es pan con escrituras, se trata de dar de gracia conforme recibimos igualmente de gracia. No se buscan estadísticas a todo costo, se busca expandir el Reino de Dios entre los hombres. No es “ayudar a los hermanos”, es que los que somos hermanos juntemos fuerzas para ayudar a los que necesiten, sin discriminar, tal como lo haría Jesús. Se alimentaban las multitudes porque el compromiso de Jesús por compartir el mensaje de Dios era un compromiso integral. En la agenda de Jesús estaba el predicar a pueblos enteros y hablar con mujeres en los pozos, Jesús prestaba tanta importancia al compartir su tiempo con un principal entre los sacerdotes (Nicodemo), como posteriormente lo haría al usar a la viuda como ejemplo al dar una blanca como ofrenda el en Templo.

En San José de Los Molinos, eso mismo buscamos. No nos ufanamos de trabajar con los pobres, trabajamos con los pobres, no hacemos grandes campañas evangelísticas, repartimos Biblias y ante la petición de que nos quedemos a enseñar lo mismo que momentos antes entregamos, nos quedamos. Vivimos y convivimos con ellos (la comunidad de San José de los Molinos) un equipo misionero que imparte clases bíblicas a la par que busca elaborar proyectos de desarrollo para los mismos que han perdido todo. Cuatro jóvenes y una pareja pastoral que padece la falta de agua al igual que todos, y trabajan en beneficio de un grupo humano que en un momento lo perdió todo. Una historia es más trágica que otra, un testimonio más conmovedor que el anterior, pero las fuerzas que ellos tienen y el deseo por progresar nos anima a continuar buscando la manera que el evangelio haga mella en sus vidas.
Tenemos la esperanza que nuestro trabajo no será en vano. Esperamos que los que nos enviaron encuentren reflejado en nuestro trabajo la obra de Dios, y los principios cristianos que tantos genuinos hombres de Dios buscaron marcar en sus corazones.
No somos muchos los que lo dejamos todo por los que lo perdieron todo, ni muchos son tampoco los que caben en las puertas estrechas, pero deseamos que muchos escuchen el mensaje de salvación y lo hagan real en sus vidas. Oramos por los que sostienen la obra, y por los detractores de la misma, para que encuentren la luz en sus juicios, antes que la luz los demande a ellos en juicio.

Parafraseando el texto bíblico: …porque siempre habrá gente pobre, que deseamos ayudar en lo que podemos.

Por: David Romero Mazzini

martes, 16 de septiembre de 2008

JUAN STAM ABORDARÁ TEMAS DE ESCATOLOGÍA BÍBLICA EN LIMA


El Instituto Bíblico de Lima (IBL) está organizando este 28 y 29 de setiembre, una serie de actividades académicas cuya temática gira en torno a la Escatología Bíblica, Apocalipsis y Profecías. Orientadas a la formación Bíblica - Teológica de los y las responsables de diferentes ministerios, líderes, lideresas, estudiantes de Teología y público interesado.

La exposición estará a cargo de Juan Stam, reconocido Doctor en Teología por la Universidad de Basilea-Suiza. Quien ha ejercido la docencia en distintas instituciones teológicas y universitarias de América Central y de otros lugares del mundo. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Ha escrito varios libros y numerosos artículos, entre los que se destacan “Apocalipsis y profecía: las señales de los tiempos y del tercer milenio”; “Las buenas nuevas de la creación”; “Comentario del Apocalipsis I y II”; Profecía bíblica y Misión de la Iglesia”. Actualmente reside en Costa Rica donde prepara el "Tomo IV de Apocalipsis".

Los tópicos, fechas y horarios son detallados a continuación:

Domingo 28 Set. De 3:00 a 6:00 pm
Taller: Apocalipsis y las profecías

Lunes 29 Set. De 9:30 am. a 1:00 pm.
Taller: 7 Principios para interpretar el Apocalipsis

Lunes 29 Set. De 6:30 a 9:00 pm,
Conferencia: Escatología Bíblica y el fin del mundo

Todas ellas se realizarán en las instalaciones de la I.E.P Templo Maranatha- Av. Brasil 335 Cercado de Lima.

Si desea inscribirse y acceder a promociones puede comunicarse al 4246955

sábado, 30 de agosto de 2008

¡El problema es el pecado!


De esto no me cabe ninguna duda: "¡El problema es el pecado!" Los cristianos evangélicos por generaciones hemos afirmado con las Escrituras en la mano que el origen de las diferencias entre lo que queremos ser y lo que realmente somos es el pecado. La gran barrera que detiene e impide que este mundo disfrute de las bendiciones de las promesas de Dios a su plenitud, es el pecado. Y lo hemos llegado a decir de tal manera que las personas que nos rodean y que no son evangélicas están convencidas de la certeza de nuestro diagnóstico. Sin embargo, curiosamente, de esto no se deduce que estas mismas personas muestren arrepentimiento y cambio de vida.

Yo creo que esto es porque hemos banalizado al pecado. Le hemos hecho perder su sentido desestructurante y amenazador del propósito de Dios para su Creación y lo hemos convertido en un amago de moralismo individualista o en una caricatura de comportamientos estereotipados y selectivos contra los cuales los evangélicos nos oponemos tajantemente, especialmente en la esfera de la micro-ética.

Desde esta perspectiva no sorprende que la gente "no creyente" descubra rápidamente que hay algo que "no funciona" en la predicación evangélica. La Iglesia se preocupa por la falta de resultados, es decir la falta de conversiones, que sucede en las congregaciones locales e imaginan que la respuesta está en diseñar nuevas técnicas y estrategias de evangelización mucho más refinadas, sorprendentes y sofisticadas.

En mi opinión, de esta manera seguimos tocando sólo la superficie del problema: el problema en este caso no es el envoltorio de nuestros "métodos evangelísticos", ni tampoco lo es el que -por una cuestión de estrategia- se enfatice cada vez menos la dimensión pecaminosa de "este mundo malo" desde el púlpito cristiano. Nuestro problema es un problema de cosmovisión, de amplitud o estrechez de lo qué entendemos por pecado.

Si el pecado queda reducido a todo aquello (especialmente lo nuevo) que cuestiona y pretende alterar los moldes de nuestra cultura evangélica o a aquello que desafía a que repensemos nuestras prácticas tradicionales en materia de nuestras relaciones con el mundo, entonces, nuestra lucha contra el pecado es en realidad una lucha por la supervivencia de nuestra comunidad, de nuestros valores y de nuestros intereses. Finalmente es una lucha por la preeminencia de nuestra posición social y por la defensa de la institucionalidad de la Iglesia Evangélica, más que un celo por la gloria de Dios. ¡Y la gente nota la diferencia!

En los tiempos antiguos una forma de desmerecer la autoridad de un profeta de Dios era señalar que éste "tenía demonio" o que estaba poseido por algún espíritu inmundo. El propio Señor Jesús recibió esta acusación de parte de los fariseos. (Mt. 12:22-32) Hoy día hacemos algo similar con las ideas o las personas que nos desafían a profundizar nuestra fe, nuestro compromiso misionero o nuestro servicio al mundo. Muchas veces, estas personas son estigmatizados como los "herejes", los disidentes, los extraños, las ovejas descarriadas, aquellos que se salen de la norma y entonces hay que advertir al resto de la manada acerca de sus posibles dudosas intenciones.

Muchas veces lo que buscamos con este comportamiento "de protección de la grey"es, en última instancia, la defensa de nuestra posición en la institución, nuestro poder o quizás nuestro sueldo, y cuando esto se hace evidente entre las personas no creyentes somos calificados justamente como hipócritas. Esta hipocresía es expresión de un clima estructural de pecado alrededor nuestro que impide que las relaciones se den de manera saludable en una congregación o ministerio cristiano. Esta falta de amor es lo que detiene el avance del Evangelio, lo que mina nuestro testimonio y lo que finalmente, nos excluye de mejores resultados de transformación.

El pecado que nos asedia tiene su origen en nuestras propias ambiciones y deseos alienados de Dios, los cuales se van extendiendo como una telaraña que incluye relaciones de poder pecaminosas, sub-culturas impregnadas de pecado y sociedades que han hecho de la pecaminosidad un estilo de vida nacional. Llegamos a vivir en medio de colectividades que irrespetan la vida, que no defienden ni protegen al niño, ni al pobre ni a la viuda, participamos de culturas que proponen la evasión de la responsabilidad y la ley del mínmo esfuerzo en todas sus expresiones; todo esto, efectivamente, es una evidencia real del pecado en el mundo.

¿Podrá alguna vez el púlpito evangélico entender el pecado en todas estas dimensiones? Adicionalmnete a esto, ¿Será posible observar una iglesia que no quiera ser neutral y que tome partido al no legitimar liderazgos ni programas que estén impregnados de la ética pecaminosa y de los vicios de la cultura mundana de turno? Y finalmente, ¿Seremos suficientemente valientes los evangélicos para arrepentirnos y cambiar de actitud y conducta en nuestros propios espacios congregacionales que han estado imitando la ideología y la hipocresía del mundo?

Quiera Dios que así sea, pues entonces las personas que no son creyentes en Jesucristo creerán cuando vean menos acusaciones, menos violencia de unos contra otros en la comunidad cristiana, cuando seamos capaces de reconocer nuestras propias fallas, cuando nos mostremos menos perfectos y más humanos, porque entonces el poder de transformación de las comunidades cristianas no dependerá de nuestro esfuerzo, moralismo o persecución de los disidentes sino que será el trabajo silencioso pero efectivo de Dios, por medio de su Espíritu Santo, moldeando a su Iglesia como al barro lo hace el Alfarero.

lunes, 25 de agosto de 2008

¿HACEMOS PRESENTE EL REINO DE DIOS?

Jesús enfrentó en su momento a la concepción judía de Israel, que esperaba al Mesías con una mentalidad “mágica”, la idea de la instauración del Reino de Dios, era pensada, que sería precedida de fenómenos ambientales y catástrofes naturales, que acabaría con el todopoderoso Imperio romano, para que como pueblo judío elegido, disfruten de un glorioso futuro político y espiritual. La mayoría de personas eran incapaces de reconocer el cambio que Jesús realizaba, en la vida concreta y cotidiana, cambio discreto, pero significativo, que le permitía a cada ser humano y a cada comunidad enfrentar sus opciones vitales.

Es así como Jesús utiliza las parábolas, un recurso literario que le permitirá anunciar y presentar el proyecto del Reino de Dios en su contenido más profundo. Para ello se debe tener en cuenta que se pronuncian en un contexto polémico, incluso en un contexto de enfrentamiento (de Jesús con los dirigentes judíos, pero se redactaron años después cuando ese enfrentamiento ya no existía o existía de manera muy distinta). Por eso, para entender el mensaje de las parábolas, es decisivo tener presente, que responde a una situación de conflicto.

Las parábolas no son - al menos en primera intención - obras de arte, no quieren tampoco inculcar principios generales, sino que cada una de ellas fue pronunciada en una situación concreta de la vida de Jesús, en una coyuntura única a menudo imprevista. Además se trata de situaciones de Lucha, de justificación, de defensa, ataque, incluso desafío. Las parábolas son en gran parte - armas de combate.[1]

El capítulo cuatro del evangelio de Marcos (así como en los sinópticos), presenta la primera enseñaza de Jesús en parábolas, como todo un acontecimiento y lo inicia con la parábola del sembrador, seguida de otras dos parábolas; a las que los estudiosos han catalogado como parábolas del Reino, de los inicios, de contraste. Nos detendremos en la primera de ellas, donde se observa la temática abordada en los siguientes aspectos:

1. Cambia de lugar de enseñanza: Jesús “sale” de la sinagoga, local cerrado, como lugar habitual de enseñanza y se ubica en las orillas del mar, en el espacio abierto. Frente a la multitud proclama su enseñanza, de modo que todos estén en condiciones de escuchar y entender.

2. Transforma al oyente en protagonista: No se puede ser un oyente neutral, Ya que enfatiza la acción de “Oír” (Mc. 4,3 y 9) hay una exigencia a escuchar de manera inteligente y activa.

3. Anuncia el comienzo del Reinado de Dios: En la parábola del sembrador se subraya el tema de la siembra y la semilla.
Se nos describe ampliamente la siembra, tres partes de la semilla sembrada no llegan a buen término, son procesos truncos. Aparentemente el sembrador no disfrutaría de la cosecha. Casi todo se ha echado a perder.
Pero al final, cambia todo el panorama, se presenta un giro inesperado sobre el cual recae toda la fuerza significativa. ¡La última semilla que cae en buena tierra que finalmente produce! Por eso se le denomina una parábola de contraste, porque contrapone el principio y final.

Así, el Reinado de Dios viene a escondidas, es imperceptible y a pesar del aparente fracaso del sembrador, la semilla crece se desarrolla en un proceso, que da finalmente da fruto,
Por la parábola del sembrador (además de de la semilla que crece sola y de la mostaza), se comprende por qué para Marcos, el anuncio de que está llegando el Reino de Dios es una buena noticia. Y lo es a pesar del aparente fracaso que experimentaba la actuación de Jesús. Un fracaso que también experimenta la predicación en el contexto marcano (más de treinta años después). En ese sentido, el propósito de la parábola es consolar a la comunidad ante el poco éxito en la misión. Por ello, es una de las parábolas que fomenta más bien una mirada esperanzadora en relación al Reino de Dios.

Por otro lado, refleja la tensión entre el “ya” y el “todavía no” del Reino de Dios, no es la llegada del Reino inminente, sino del comienzo del Reinado de Dios que se implantará progresivamente en la historia. Donde la humanidad avanza gradualmente hacia un futuro mejor, en medios de contradicciones, hasta lograr su plenitud.
Aunque gran parte del trabajo parezca estéril e ineficaz a los ojos humanos, aunque en apariencia suceda fracaso. La hora de Dios viene y con ella la bendición de una cosecha que supera todas las expectativas, Dios hace aparecer un final magnifico e inesperado de unos comienzos desconsoladores.

Como nos desafía ahora

La buena noticia que Jesús proclama es el anuncio de la cercanía del “Reinado de Dios”, es algo que el oyente puede, desde ya, disfrutar. Considerando desde el punto de vista que este Reinado es la acción de Dios sobre el hombre y el Reino de Dios como la consecuencia de esta acción divina. Entonces, es así como se van dando dos aspectos de la nueva realidad: el cambio personal (aspecto individual) y el cambio de las relaciones humanas (aspecto social). Es decir, no habrá nueva sociedad, sino existe un hombre nuevo. Dios renueva y potencia al hombre comunicándole su propia vida (el espíritu); dotado de ella, es tarea y responsabilidad del hombre participar en la creación de una sociedad verdaderamente humana.


El Reino de Dios representa, pues, la alternativa a la sociedad injusta, proclama la esperanza de una vida nueva, afirma la posibilidad de cambio, formula la utopía. Por eso, constituye la mejor noticia que se puede anunciar a la humanidad y a partir de Jesús, la oferta permanece de Dios a los hombres, que espera de ellos respuesta. Su realización es siempre posible “[2]
La conexión con el Reino de Dios no se agota en la persona histórica de Jesús de Nazaret. Se extiende a los testigos de todos los tiempos, y a los proyectos de liberación tendientes a la construcción de un mundo más humano. Sin este Reinado de Dios, el Cristianismo pierde sentido y trascendencia, cuando mas bien debería continuar con realización de este proyecto que ofrece esperanza e impregnar todos los ámbitos de la vida, se preocupa más en practicar religiosidad. Si para Jesús el anuncio del Reinado de Dios fue el centro de su ministerio, también lo debe ser para nosotros, probablemente no se comprende en todas sus dimensiones, más que como una concepción escatológica, para otros, un término intemporal y ahistórico, por cuestiones doctrinales, en fin, diversas razones deben haber; pero empecemos la tarea por “re-descubrirlo”, “re-conocerlo”. De esta manera abrazar el compromiso de hacerlo presente, aununciando la esperanza en medio de tiempos difíciles.

[1] Jeremías, Joacim, Interpretación de las parábolas; Editorial Verbo Divino; España; 1971; p.14
[2] Pelaez, Jesús; Jesús y el Reino de Dios; Ediciones El Almendro, Córdoba; España; 1995; p. 261

jueves, 31 de julio de 2008

¿La predicación como fomento de la culpabilidad?

La predicación cristiana incluye, lo sabemos, la denuncia del pecado y la llamada al arrepentimiento como elementos que la constituyen. Pero más allá de la provechosa necesidad de esta característica, es de lamentar que haya degenerado, muy a la sazón posmoderna, en señalamiento inquisidor de la vida privada de los creyentes; una especie de ¨fiscalización sagrada¨ a la que no se le escapa casi nada: exigencia de una vida sexual ¨pura¨ (léase aquí incluso la masturbación, los pensamientos y miradas ¨impuras¨, hasta llegar aún a las prácticas sexuales calificadas como indecorosas entre esposos), del cumplimiento de las responsabilidades cristianas (sobretodo eclesiales) y de santidad en las relaciones interpersonales —aunque con un evidente sesgo personalista de la ética. En fin, una lista nada breve de deberes que, de ser cumplidos aseguran la felicidad del creyente, la experiencia de vida abundante de la que habla el evangelio…o al menos eso es lo que se promete.

Sin embargo, el énfasis en la observancia de estos deberes que, según se dice, demuestran la espiritualidad y crecimiento en la fe, no hace sino poner una pesada carga moral sobre los miembros de la iglesia que, a su vez, puede conducir, como de hecho sucede, a desarrollar profundos sentimientos de culpa cada vez se quebranten alguno de los preceptos mencionados y se incurra así en pecado. Ante todo esto resulta válido preguntarnos si la situación tal y como se presenta obedece a lo que llamamos el espíritu del Evangelio, y debo decir sin rodeos que bajo un tipo de predicación como el expuesto, subyace una determinada visión de Dios y del Evangelio que lo condicionan y lo moldean. Así por ejemplo, una concepción de Dios semejante a la de Anselmo de Canterbury que podemos sintetizar así: "Es necesario que a todo pecado le siga la satisfacción o la pena; es decir, por el pecado ha sido ofendido, violado y robado el honor de Dios…La satisfacción no puede darla el hombre pecador…Sin embargo, la satisfacción es necesaria para que se cumpla el designio de Dios sobre el hombre…Sólo Dios puede satisfacer una ofensa hecha al mismo Dios…(la satisfacción) ha de darla necesariamente un hombre Dios. De ahí la necesaria encarnación de Cristo y su muerte en cruz para conseguir la salvación de la humanidad". Aquí la evidente deformación de Dios en un supremo ser que necesita de la sangre y el sufrimiento para aplacar su ira santa por el pecado de los seres humanos. E. Fromm por su parte, señalaba con acierto que ¨los pensamientos son motivados por las necesidades subjetivas y los intereses de las personas que los piensa” y en ese sentido califica a la doctrina de Lutero como sumisión, uno de los mecanismos de defensa a través de los cuales se huye de la libertad positiva debido a la soledad e inseguridad para el yo que la misma libertad genera; advirtiendo que en realidad Lutero se sentía ¨penetrado por un sentimiento de impotencia y de pecado¨, que posteriormente lo llevaron a formular su doctrina de la depravación humana la cual señala que sólo ¨si el hombre se humilla a sí mismo y destruye su voluntad y orgullo individuales podrá descender sobre él la gracia de Dios¨. Difícilmente podremos negar que muchos sermones remiten a una deidad semejante que, cual si fuera un obsesivo fiscal cósmico está pendiente del más mínimo error de sus criaturas para reprenderlas por ofender su santidad, o de un evangelio que pregona una espiritualidad en sentido ascético, en cuya base se halla una concepción dualista del ser humano, que identifica a lo humano —obviamente de naturaleza depravada—con lo material y a ¨lo divino¨ con lo inmaterial. No obstante creo, como sostiene J.M. Castillo, que ¨el Evangelio no entra en conflicto con lo auténticamente humano, sino con lo inhumano que hay en nosotros¨ y creo también en un Dios que ¨no quiere que sus hijos sufran y si hay sufrimiento es porque toda forma de vida terrena es limitada y esa limitación lleva consigo el enfermar, el envejecer y el morir… desde el mensaje de amor del Evangelio, el único sufrimiento que Dios quiere es el que resulta de la lucha contra el sufrimiento. Jesús sufrió porque se puso de parte de todas las víctimas del sufrimiento humano¨. Los sermones inspirados en concepciones erróneas y deformadas de Dios y el Evangelio no sólo no liberan sino que oprimen, asfixian y producen sentimientos de culpa en los oyentes, en virtud de la importancia que le asignan como palabra de Dios expresada en el marco litúrgico.

Albert Ellis, uno de los más reconocidos psicoterapeutas y creador de la TREC señalaba que existen ideas ¨irracionales¨ que conduce a las personas a la ineficacia para afrontar problemas de la vida cotidiana y aún a la enfermedad mental, esto se daba porque, según creía, la conducta está determinada por cómo pensamos y si nuestros pensamientos son inadecuados actuaremos inadecuadamente también. En ese sentido, el sentimiento de culpa, sin duda un pensamiento inadecuado, provoca en las personas que lo padecen una serie de síntomas psíquicos y aún somáticos: angustia, impotencia, baja autoestima, sentimientos de auto ineficacia (por no vivir en santidad), dependencia (¿apego excesivo al predicador o pastor?), pensamientos pesimistas y catastrofistas ante la vida, rasgos de personalidad obsesivo compulsivos (rigidez mental, rechazo y aún actitud autoritaria y violenta frente a cuestionamientos a sus puntos de vista y supuestos básicos; estricto cumplimiento de normas y reglas) y paranoides (¿¨el diablo nos acecha a cada paso, cada día¨?).

Esforcémonos por erradicar de nuestros púlpitos tan nociva influencia y rescatemos la proclamación de un Evangelio del amor y de la justicia con la que anticipemos el Reino, un mensaje que libere, acoja y brinde esperanza.
Richard Guadalupe H.
Estudiante de Psicología de la Universidad Alas Peruanas
Miembro de la Iglesia Evangélica Peruana